Estamos detrás de cada asesinato que se comete en Gaza

La navidad de 2008 llegó a Gaza en forma de lluvia de bombas que mataron a 1.400 seres vivos, comúnmente llamados “personas”.

En noviembre de 2012, otoño, otra lluvia de proyectiles mató a otros 200 seres vivos. Humanos también.

Desde hace dos días, en pleno verano, una tormenta de bombas vuelve a segar vidas indiscriminadamente en la Franja de Gaza.

En los períodos intermedios el régimen sionista sigue asesinando, a menor ritmo, pero implacablemente. Y no solamente en esa pequeña porción de tierra llamada Gaza a la que ha usurpado su libertad por tierra, mar y aire, sino en el resto de Palestina, donde la ocupación y el bloqueo mantienen su objetivo final de exterminar la identidad de todo un pueblo; porque a todas y todos los palestinos no los van a matar ni expulsar de sus tierras, pero sí pueden hacer que acaben viviendo como extraños y ciudadanas de segunda clase bajo ese régimen racista.

La justificación para cometer esta nueva masacre la pone siempre la potencia militar. Ahora ha sido la aparición de tres jóvenes sin vida. Nadie reclamó la autoría del posible crimen, pero el culpable ya estaba sentenciado antes de que aparecieran los cuerpos. Y la respuesta también se conocía: volver a hacer de Gaza un campo de pruebas de drones, misiles y tácticas militares que luego el régimen sionista venderá con la garantía de estar testados sobre el terreno. Cada despliegue de fuerza con un número aceptable de víctimas sirve además para aumentar votos y complacer a la extrema derecha, ávida por acabar cuanto antes con la identidad palestina.

En este juego hay más implicados, porque si el régimen israelí es el ejecutor directo, el resto de las naciones son cómplices necesarios, por omisión o por colaboracionismo. Nuestro país es uno de esos cómplices. El último grano de arena que hemos puesto para ayudar a la impunidad de ese régimen ha sido fulminar la Jurisdicción Universal, liberando a varios responsables de masacres de la posibilidad de ser juzgados por haber cometido crímenes contra la humanidad. De esta forma se les puede seguir invitando para que vengan a instruir a nuestros militares cómo poner en práctica las tácticas militares de las que tan buen resultado pueden garantizar.

Nuestro colaboracionismo va mucho más allá, porque además también ayudamos al mantenimiento económico de un régimen que necesita una ingente financiación para mantener la ocupación militar. No nos hace falta marcar una “X” en la casilla de la declaración de la renta para enviar una parte de nuestros impuestos a mantener la ocupación y el bloqueo. Esa cruz la llevamos encima, queramos o no, porque nuestro país es uno de los que ha suscrito el tratado de comercio preferencial con el estado israelí. También compramos productos y materias primas usurpadas al pueblo palestino y firmamos acuerdos a todos los niveles, hasta con las colonias.

Esos tres jóvenes a los que Obama lloró eran colonos. Tres del más de medio millón de colonas y colonos que siguen llegando desde cualquier punto del mundo a vivir en tierras expropiadas por la fuerza militar. Vivían en una de las casi trescientas colonias construidas por el estado israelí en territorio palestino, en los enclaves más ricos en recursos naturales y agua.
Debido a que ese régimen no ha suscrito ningún tratado internacional vinculante, hará caso omiso a las resoluciones que dictan que esa ocupación colonial es ilegal. Tampoco le importan las condenas por talar árboles, quemar  mezquitas, demoler casas o asesinar niñas y niños mano a mano con el ejército. Asesinar a más de 1.400 niñas y niños palestinos desde el año 2000 no es comparable a la muerte de tres colonos si no consigues que el mundo lo vea indignado ni que Obama derrame alguna lágrima. Ningún colono ni militar va a pagar por sus crímenes y mucho menos pasar por la cárcel.

Sin embargo, la amenaza a la colonización sí permite raptar a un niño, hacerle tragar gasolina y quemarlo vivo. También salir en turbas nocturnas a la caza de palestinos en Jerusalén o que soldados puedan patear a un joven hasta desfigurarlo. Pero siendo palestino, hay que callar, porque no se puede esperar tener justicia allá donde tu verdugo también ejerce de juez. Tampoco pueden ejercer su derecho a la resistencia cuando están siendo atacados, porque entonces les llamarán terroristas y lo publicarán todos los periódicos y se verá en todas las televisiones. Si eres palestina o palestino te pueden detener y encarcelar, sin motivo, solo por serlo. Puedes ser uno de los más de 6.000 presos que hay en las cárceles israelíes, la mayoría bajo detenciones administrativas, sin juicio, sin cargos y sin pruebas.

Hora a hora seguirá aumentando el número de muertes en Gaza. Experiencias anteriores nos dicen que la masacre cesará cuando se alcance un nivel de destrucción y una cifra de muertes “aceptable”. Habrá condenas verbales de las Naciones Unidas, más bien pidiendo lo que denominan como “contención” y se sucederán protestas y manifestaciones pidiendo el fin de los ataques. Y seguiremos preguntándonos qué más podemos hacer para evitar esa impunidad.

Como seres humanos, iguales a quienes viven en Gaza, debemos ponernos en su lugar.
Como grupo podemos protestar y tejer lazos de solidaridad internacional.
Como ciudadanas y ciudadanos hemos de contribuir a cambiar los gobiernos de doble cara, pero de la misma moneda, formados por una casta desgraciada y colaboracionista. Es posible sustituirlos por otros en los que participemos de forma más directa y siempre bajo el respeto de los derechos humanos. De este modo podremos acabar con la complicidad que ahora nos ata a estos crímenes.