El murmullo del Mavi Marmara

Anclado en un muelle apartado del centro de Estambul, y rodeado de grandes edificios abandonados, grises y rotos, descansa el Mavi Marmara. Viejas grúas oxidadas y ventanas agrietadas hacen de aquel lugar un espacio fantasmal donde el único color vivo es el blanco que desprende el barco. Un marco siniestro pero que alberga un enorme símbolo de esperanza, que te hace mantener la fe en la solidaridad y en el necesario inconformismo.

Después de varios trámites y gracias a la amabilidad de algunos de los responsables de aquella acción memorable, pude visitar hace un par de días el Mavi Marmara, el barco que llevó a activistas de todo el mundo por aguas internacionales del Mediterráneo rumbo a Gaza con la única intención de denunciar el bloqueo del estado de Israel contra la población palestina y llevar ayuda humanitaria. Un gesto que le costó la vida a nueve personas, nueve solidarios, algunos de ellos periodistas, que decidieron hacer historia, y que fueron protagonistas de uno de los episodios más ignominiosos de la política del Estado de Israel y de la acción de cualquier ejército.

Una extraña sensación te invade el cuerpo cuando cruzas la pasarela que une el muelle con la nave. Se te corta la respiración durante los escasos metros que caminas hasta adentrarte en aquella enorme chatarra que un día iba cargada de coraje, y donde aún se respira el murmullo de la solidaridad. La nave se convirtió en el símbolo de la lucha desigual de personas contra ejércitos, de la voluntad contra las balas, de la solidaridad contra la violencia. Un escenario ahora desierto, donde cada rincón guarda un pedazo de historia, donde uno se podía imaginar cualquiera de las escenas que el periodista y documentalista valenciano David Segarra mostró al mundo con su magnífico documental Fuego sobre el Marmara, un genial testimonio de los acontecimientos que se produjeron hace justo dos años a bordo de aquel barco, con imágenes rescatadas del asalto y del asesinato de los activistas.

Más allá del análisis del conflicto entre el Estado de Israel y el pueblo palestino, necesario evidentemente para entender el motor de esta particular historia, está el particular suceso que se vivió a bordo del barco, que acabaría desembarcando en todo el mundo, poniendo en evidencia la violencia de un estado contra activistas y periodistas. Pareció que el Mavi Marmara había llegado a todas partes, que había atracado incluso en ciudades sin puerto, y todo gracias a la determinación de sus tripulantes y a la torpeza del gobierno de Israel que ordenó la masacre. Ciudadanos anónimos en todo el mundo se alzaron contra la acción militar (también en Valencia), y pidieron a sus gobiernos una condena sin medias tintas de aquel ataque a la solidaridad y a la libertad de prensa. Los soldados secuestraron en aguas internacionales a los cientos de activistas de la Flotilla, requisaron y destruyeron todo el material audiovisual y les condujeron a una cárcel israelí.

Opinar sobre el gobierno de Israel puede costarte la etiqueta de antisemita. Es sin duda una estrategia para evitar cualquier crítica. Una especie de figura retórica perversa que se sustenta en un deplorable prejuicio como es el antisemitismo, un término que corre el riesgo de perder su verdadero significado por el mal uso que algunos hacen. La estrategia de algunos defensores a ultranza de la política de Israel es sencilla: hacer víctima a todo judío de cualquier ataque al estado de Israel. Como si dentro de aquel estado no hubiera críticos, o como si fuera, ningún judío, disintiera de la política de aquel país. Según algunos, algunas críticas contra las políticas del estado de Israel esconden cierto antisemitismo, cierta negación del derecho de este estado a existir. Como si la forma de construir este estado debiera ser ignorada, justificando así cualquier método, cualquier política. Ni sus propios ciudadanos se libran de la etiqueta cuando dejan ir determinada crítica.

No se puede negar que el antisemitismo existe, pero hay que hacer justicia y saber distinguir entre el ataque a alguien por ser lo que es, y la crítica a una institución o a una persona por lo que hace, independientemente de su confesión religiosa o de su ideología. Curiosamente, una de las personas que quiso adentrarse en el uso de estos términos y en la educación de la propia sociedad israelí fue un judío de Tel Aviv, el documentalista Yoav Shamir, que ya fue acusado de antisemita a raíz del su anterior documental, Checkpoint (2003) que retrataba la cruel cotidianidad de los puntos de control que deben atravesar cada día los palestinos para cruzar su propia tierra. Su polémico documental, Defamation (2009) cuestiona precisamente la manipulación del término, y pone el dedo en la llaga, retratando las incongruencias de este etiquetado.

Shamir no es el único judío israelí que ha sido tildado de antisemita por sus críticas a la política de Israel. Como tampoco es el único ciudadano de ese estado que critica duramente su política. Miles de ciudadanos no aprueban que en su nombre, el estado cometa crímenes contra la humanidad o que aplique políticas racistas ni medidas excepcionales contra la población palestina. También contamos con el ejemplo de jóvenes que han hecho el servicio militar (obligatorio para hombres y mujeres) en los territorios ocupados, y que han contemplado humillaciones y salvajadas que les han llevado a crear una organización para denunciarlo. Son los ex soldados de Breaking The Silence, que tienen abundantes vídeos en la red de antiguos soldados que dan sus testimonios sobre los abusos cometidos contra la población palestina.

Otro de los argumentos más esgrimidos por los defensores de las políticas del estado de Israel es que este es un estado democrático, y que estas críticas no se lanzan nunca contra otros países de la zona, con déficits democráticos evidentes. Pero la calidad de una democracia no se mide sólo porque haya elecciones ni porque se admita la oposición política, sino que hay otros factores que deberían tenerse también en cuenta, como el respeto a los derechos humanos, las políticas de igualdad o ciertas prácticas internas. Y así como se denuncia la política israelí, se denuncia la saudí, la egipcia, la jordana, la turca, y tantas como haga falta, sin que ésta crítica sea un ataque a su población. De nuevo la retórica perversa, como si los políticos fueran el pueblo, como si sus decisiones fuesen la voluntad ya no de todos los ciudadanos, sino de cualquiera que confiese la religión o la identidad declarada oficial en este estado.

Este recurso sin embargo, es también utilizado por algunos que dicen defender la causa palestina, haciendo responsables a los ciudadanos de Israel, e incluso a todo judío, de las atrocidades cometidas por el ejército de aquel estado o por sus políticos. Los valencianos lo sabemos muy bien, cuando tenemos un gobierno plagado de corruptelas desde hace años, y no nos gusta que nos metan a todos y a todas en el mismo saco. A bordo del Mavi Marmara también había judíos. Incluso en la segunda flotilla (que pretendía zarpar el año pasado desde Grecia y que finalmente fue boicoteada por el gobierno griego) iba Hedy Epstein, superviviente del Holocausto y activista de los derechos humanos.

El conflicto, evidentemente, es mucho más complejo, y la mejor forma de conocerlo es yendo allí y hablando con la gente. Ni es un conflicto religioso ni hay dos bandos luchando en igualdad de condiciones. Ni se enfrenta toda una población contra otra. Como siempre, los gobiernos van a la suya, velando por sus intereses, mientras la población queda atrapada en medio. Pero siempre hay puentes que unen ambas orillas, o barcos que atraviesan fronteras. Es por ello que hoy, sencillamente, mientras el documental David Segarra se proyecta por fin en Gaza en el segundo aniversario del asalto a la flotilla, toca recordar a los nueve activistas asesinados por querer llevar un pedazo de esperanza a la asediada ciudad del otro extremo del mediterráneo, y a toda la tripulación que hizo historia con sólo un gesto de solidaridad. Gracias.

Miquel Ramos
Publicado originalmente en Full Quatre el 1 de junio de 2012.