“Diario semanal de un niño al que no dejaron ser niño”, de Yusra el Kasmy el Kasmi. Primer premio en castellano

Desde la Flotilla de la Libertad teníamos previsto anunciar las obras ganadoras del Concurso literario internacional “Llaves para un futuro digno” el pasado 30 de marzo, Día de la Tierra palestina coincidiendo con la pacífica Gran Marcha del Retorno.

Pero desde primeras horas del viernes las noticias de manifestantes asesinados y heridos por francotiradores de las Fuerzas de Ocupación israelíes iban goteando y adquiriendo proporciones de una nueva matanza en  Gaza.

Por ello y en homenaje a la población de Gaza, a sus mártires y a su resistencia que, pese a esa matanza, mantiene las protestas hasta el 15 de mayo, día de la Nakba, publicamos hoy el relato ganador en castellano,  Diario semanal de un niño al que no dejaron ser niño, de Yusra el Kasmy el Kasmi.

Yusra el Kasmy el Kasmi
Yusra el Kasmy el Kasmi

El jurado ha otorgado este Primer premio por “por resaltar y rendir un decidido homenaje a  la capacidad de resistencia del ser humano. Todo ello  expresado con una profunda forma lírica. Al mismo tiempo el Jurado considera que la estructura narrativo-lógica del relato—idea del paso del tiempo, acontecimientos sugeridos, hechos acaecidos– no disminuye, en absoluto, la posibilidad que se le ofrece al lector de verse implicado emocionalmente en él”.

Diario semanal de un niño al que no dejaron ser niño 

Ciudad de Gaza, época actual 

I – Los lunes 

Esta vez son catorce soldados. Aunque acostumbran a ser más. Irrumpen, como práctica habitual, con sus fusiles M16 colgados del hombro. Con una insignia escrita en hebreo sobre una bandera israelí grabada en un uniforme verde oliva. Un uniforme cosido a medida para cada uno de los hombres que perpetran una escena muy común: protegidos hasta las garras forcejean contra un niño. Él es Zaid. Zaid llora desconsoladamente. Un arresto más. Ellos lo tildan como detención “administrativa”. Zaid no sabe por qué se llevan a su padre ni cuándo volverá a verlo. Su padre tampoco conoce qué pruebas lo incriminan. Los ocupantes tampoco las necesitan: ya puede refutar y negar lo que quiera. No será escuchado.

Le vendan los ojos y le atan las manos con unas bridas. Zaid llora con más fuerza. Pero el miedo no se apodera de él. Le han enseñado que RESISTIR ES EXISTIR y continúa pegando patadas, como puede, a los soldados que intentan acallarle y mitigar sus gritos. Los niños corren hacia sus hogares para dar noticias a sus allegados de lo que está ocurriendo: “¡al-jaish, al-jaish!”. Los soldados marcan, victoriosamente, territorio. Se llevan al detenido, un padre de seis varones y, hasta el momento, el único sustentador de la familia. Lo someterán a un interrogatorio, recibirá torturas y malos tratos durante su arresto. Suertudo es Zaid: al menos a él no se lo han llevado.

II – Los martes 

Zaid tiembla mientras susurra entre lágrimas <<ya baba…>>. Una excavadora a diez metros de su casa va a proceder con la demolición. Según los militares, la casa debe ser derribada porque su padre es un delincuente y no dispone de autorización para ser terrateniente de ese trozo de tierra sobre el que se levanta el hogar. En Jerusalén ya han construido muchísimos asentamientos, innumerables. En otros rincones de Cisjordania han derrumbado propiedades palestinas para construir islas israelís. ¿Ahora me toca a mí? –se pregunta Zaid. Pero la sanguijuela chupa con el pasar del tiempo con más ímpetu: los ocupantes expropian, privan y roban tierras sin cesar. Gaza se hace cada vez más pequeña.

En esa casa, Zaid se protegió innumerables veces del gas lacrimógeno, de las balas reales y de plástico, de los chorros de agua sucia disparados por los ocupantes; ahí fue donde jugó con sus vecinos; en ese hogar creció bajo las consignas de la ocupación.

Ese hogar donde aprendió a resistir y a normalizar el día a día ya solo eran ruinas…

III – Los miércoles 

Zaid nota una oleada de repugnancia en la boca de su estómago. Cuando su madre murió –por cierto, asesinada–, su padre tuvo que hacerse cargo de él. No tuvo nunca suficiente dinero para poder responsabilizarse de todos los gastos: comida, educación, remedios… dado que atendía durante pocas horas el negocio, blindando así la educación de sus hijos. Pero lo peor de todo es que cinco de sus seis hijos varones habían sido encarcelados sin motivo.

Zaid ha pasado la noche sobre los restos de su casa. Un vecino le rogó que se fuera con él, pero Zaid insistió en proteger los escombros de su casa. Se niega a permitir que los soldados hagan de esa parcela un nuevo logro de la ocupación.

–Aquí me quedo protegiendo lo que tanto sudor le costó a mi padre –sentencia.

IV – Los jueves 

Y así pasaron los lunes, los martes y los miércoles durante tres meses seguidos, en los que Zaid coronaba la fila de las ayudas humanitarias que venían del exterior. Un conocido de su hermano mayor le construyó una chabola ante los restos de su casa y ese era el sitio donde Zaid se refugiaba todas las noches, rechazando cualquier invitación de sus vecinos, convirtiéndose así en un símbolo de resistencia entre los gazatís. Por las mañanas iba al colegio. Estaba dispuesto a lidiar la ocupación formándose, puesto que era consciente que la educación y el aprendizaje producían furor en los sionistas. Por las tardes, vendía pan en el negocio de un amigo de su padre con el objetivo de ganarse unas monedas y cubrir así la alimentación de los días en que la ayuda internacional menguaba.

El cierre del paso de Rafah había reducido el abastecimiento de ayuda internacional y de medicinas. Incluso las personas gravemente enfermas no tenían autorización para cruzar la frontera salvo en ocasiones contadas. Lo mismo pasaba con las personas que debían trasladarse de Gaza a Ramallah o a otra ciudad de West Bank para ser operadas quirúrgicamente.

Gaza, convertida en una auténtica cárcel sin techo, sabía que jamás volvería a contar con la reconstrucción de su aeropuerto destruido por Las Fuerzas de Seguridad de Israel en 2001, ni de un puerto marítimo que estuviese al alcance de sus habitantes.

V – Los viernes 

Simultáneamente a la llamada de la oración, un llanto desesperado rompe la armonía del momento: una vecina grita auxilio. Rápidamente un grupo de personas acuden en tropel y se aglomeran alrededor de un cuerpo. Gritos de Allahu Akbar se oyen al unisón. Zaid resta inconsciente en el suelo. Una bala parece perforarle el pulmón izquierdo. Llaman a la ambulancia en más de una ocasión. Pero las ambulancias palestinas no pueden acceder porque Israel bloquea su circulación.

Los militares aseveran que han abierto fuego contra los niños porque estos les lanzaban piedras. Alegan que ellos son los culpables porque han hecho caso omiso de disparos previos de advertencia para que cedieran su tiro. La ambulancia no llegará hasta dentro de dos horas más tarde, lo más pronto. Pero Zaid se desangra…

VI – Los sábados 

La ambulancia aguarda en un checkpoint esperando el permiso de la ocupación para desplazarse hacia el hospital. Zaid sigue inconsciente y su salud se deteriora porque la ambulancia no dispone de ningún soporte vital básico. Tampoco contiene botellas de oxígeno medicinal. La salud de Zaid pende de un hilo. Un paramédico pronuncia por él la shahada. Parece oler una muerte inminente.

VII – Los domingos 

En el hospital se respira horror: faltan medicamentos y material básico para tratar a los enfermos y a los heridos que sufren los ataques militares israelíes. Después de doce horas, Zaid ya se encuentra en la camilla de un hospital. Un médico británico lo intuba y monitoriza. Sus constantes no parecen ir a favor de su vida. Sin embargo, los cirujanos se lavan lo más rápido posible. El primer paso es retirar la bala.

Pero el día anterior, las milicias palestinas lanzaron cohetes artesanales desde la Franja hacia Israel para vengar los disparos que comprometen en este momento la vida de Zaid. E Israel responde: otro corte de electricidad en el hospital Al Shifa, el mayor complejo hospitalario de Gaza. Se detienen todos los generadores. Los veinte recién nacidos que reposan en las incubadoras mueren. Y se apaga también la vida de Zaid.

Epílogo 

Estos no son tan solo los siete días de la semana de Zaid. Son los siete días de todos los niños que crecen en Palestina. Subyugados, oprimidos, sin derecho a una vivienda digna, sin derecho a una educación digna, sin derecho a una VIDA DIGNA. Observadores de demoliciones, expropiaciones de tierras, asesinatos, arrestos injustos de sus familiares. Sometidos también a detenciones ilegales y a torturas por el simple hecho de ser palestinos. Pero en un país sometido al asedio sionista, los palestinos tratan de dar normalidad a sus vidas y tratan de resistir la ocupación. Están convencidos que RESISTIR ES EXISTIR y su única petición al mundo “occidental” es que tanto tú, como yo, dejemos de ser cómplices de la pasividad y el silencio.